Iconografías para el futuro

La segunda jornada de la sección New directors arrancó con Before the bright day (2025), el segundo largometraje del cineasta Tsao Shih-Han, que se aproxima a una familia taiwanesa en el contexto de las primeras elecciones completamente democráticas celebradas en el país en 1996. A través de una puesta en escena construida a partir de largos planos generales seguimos a Chou, un adolescente que atraviesa ciertas dificultades en sus estudios y comienza a relacionarse con una pandilla de moteros. A lo largo de su metraje, la película apela a un imaginario muy cercano al cine de Edward Yang, retratando ese zeitgeist de un país en plena incertidumbre social, política y económica que con tanta claridad emergía en obras como A Taipei story (1985). Así, el asentamiento de un occidentalismo estadounidense que renegaba de las raíces autóctonas (la camiseta de los Yankees que porta el joven) se entremezcla con la importación de una cultura japonesa urbana encarnada en el líder del grupo de moteros (que luce una flamante Honda) y el hermano pequeño de Chou (obsesionado con el manga), al mismo tiempo que la amenaza de una invasión china se vislumbra en un horizonte en el que también asoma la promesa de un gobierno de libre elección popular. Es precisamente este estimulante escenario social y el crisol cultural de los años 90 en el país el que permite a Shih-Han desarrollar pacientemente los conflictos intergeneracionales que vertebran la película, atendiendo con especial interés a la relación de Chou con su padre, accionista en un proyecto arquitectónico (nuevamente aquí el cineasta evoca a Yang y su capacidad para tomar el pulso de una sociedad desde su arquitectura) que pende de un hilo debido a la posibilidad de un conflicto bélico. Se abre así un amplio abanico de temas –que incluye el servicio militar y el destino de los jóvenes, las decisiones preventivas de enviar a los hijos a estudiar a Estados Unidos o las maniobras financieras desesperadas- que gravitan en torno a la idea de futuro y que riman indiscutiblemente con la actualidad de la tensión política entre China y Taiwán.
En su otra adscripción, en este caso a los códigos del coming of age, Before the bright day rompe su cuidada y aparentemente férrea puesta en escena en tres momentos puntuales (por corte a un primer plano de un personaje) de forma ciertamente arbitraria, un gesto que hace perder fuerza a una planificación muy medida para ofrecer un último (y ya tradicional) encuadre cerrado sobre el rostro de su protagonista en los últimos minutos de la película. No obstante, y a pesar de ser en demasiados momentos deudora de un conglomerado temático y una iconografía ajenas de las que no consigue liberarse por completo, la propuesta de Shih-Han demuestra una profunda humanidad con los personajes a los que retrata, manifestada en dos momentos principales: la escena de despedida con la chica que le gusta y que no volverá, y la secuencia completa de reconciliación con el padre en la que Chou le sigue caminando a casa sin que lleguen a mirarse siquiera. Finalmente, la amplitud de plano utilizada logra construir ese espacio necesario que permite a los actores moverse con libertad y posibilita al cineasta situar varias acciones simultáneas en distintos términos, subordinando a sus protagonistas a una relación ineludible con un entorno tan cambiante como ellos. En una sección en cuyas primeras propuestas ha asomado una instrumentalización generalizada de la identidad de los personajes –Värn (John Skoog, 2025) y la marginalidad de Karl-Göran Persson, o Bad Apples (Jonatan Etzler, 2025) y As we breathe (Şeyhmus Altun, 2025) y su visión sobre la infancia-, Before the bright day se erige como un solvente relato que mira con compasión y ternura a una familia que avanza hacia un inexorable futuro plagado de incertidumbres.
